Yo vengo de una familia pobre. No me gusta decir “familia humilde”, porque la humildad no tiene nada que ver con la pobreza.
Hubo momentos de mi infancia en los que no había mucho que comer. A veces desayunabas y sabías que quizás no habría almuerzo, porque si almorzabas después no habría nada para la cena. Aun así, muchas veces me acosté con hambre y me fui al colegio sin comer nada. Mi familia no tenía un hogar propio y yo fui viviendo de una casa a otra, aprendiendo a conformarme con lo que había.
Muchas veces tuve que demostrar que era útil para poder quedarme: limpiando, ayudando, haciendo lo que fuera necesario. Me volví técnico en electricidad, pero era una profesión que no me gustaba.
Hasta que un día, por accidente, apareció la oportunidad de trabajar en peluquería. Comencé con mi primer curso con miedo y vergüenza, porque en mis tiempos ser peluquero significaba que se burlaran de mí o que pensaran que no servías para nada más. Me daba un miedo terrible. Pero era la oportunidad.
Poco a poco me di cuenta de que tenía que estar allí: en medio de un país en crisis por una dictadura, yo podía producir dinero en cualquier lugar: a domicilio, donde vivía o en un salón. Y había algo todavía más importante:
“Todo lo que aprendía podía irse conmigo.”
Significó la oportunidad de tener dónde dormir sin miedo a que me corrieran y la posibilidad de no pasar hambre.Y así fue como entendí que una profesión podía darme algo que nunca había tenido: opciones.